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12 mayo 1974 No abandones el sendero cuando sobrevenga la preocupación | 12 de Mayo de 1974
Dharmakshetra
Aniversario de Dharmakshetra · Bombay
 ********************* ॐ *********************
Puede oirse el audio de esta fecha ( 12/5/74, , AUDIO 5907 )
Nota sobre esta versión
No existe transcripción oficial publicada de este discurso. El texto que sigue es una reconstrucción en español a partir de la traducción consecutiva al inglés que se oye en la grabación original (Swami habla en telugu; el intérprete traduce frase por frase). Se ha limado la oralidad del intérprete —repeticiones, titubeos, calcos— para que se pueda leer de corrido, sin alterar el sentido.
Los términos sánscritos se dejan en cursiva. Entre corchetes van aclaraciones o tramos inciertos. Hay un hueco de audio entre los minutos 6:42 y 8:40, y una caída de inteligibilidad alrededor del minuto 54 y del minuto 65.
Padyam inicial
Al hombre cuyo manas no está purificado no le está dado el éxito en empresa alguna de este mundo.
[El padyam se recita dos veces en telugu. La reconstrucción da el sentido; no es una transliteración letra por letra.]
El corazón puro y las dos visiones
Por el contrario, para quien tiene el corazón limpio y puro, todo se vuelve éxito. Estas son las reglas comunes que rigen nuestra vida personal en este mundo.
Cuando miramos el mundo con visión material, pensamos que todo lo que vemos es verdadero. Es natural que nos formemos esa idea del mundo mientras la visión sea material.
Si logramos volver la mirada hacia adentro, entonces es posible ver lo que se llama Ātman y extraer de Él ese gozo que le es propio: el ātma-ānanda. Si volvemos la visión hacia adentro y gustamos ese gozo del Ātman, podemos olvidar lo que nos rodea en el mundo material. Por ese proceso es posible realizar la dicha del Ātman. A esto se lo llama antardṛṣṭi, visión interior.
Sueño de noche y sueño de día
Entre la visión interior y la visión exterior está también lo que llamamos visión onírica. Lo que vemos en el sueño lo tomamos por verdadero; pero esa “verdad” vale solo mientras dura el sueño. En cuanto despertamos, es natural que desechemos lo visto en el sueño; no solo lo desechamos: lo tenemos por falso y no le damos importancia alguna.
En el estado de vigilia (jāgrat), hasta que nos dormimos, cada individuo considera natural que lo que ve despierto represente la verdad. Y, recíprocamente, no es posible, mientras estamos despiertos, reconocer como verdadero lo que habríamos de ver en el sueño.
Tener por falso el estado de sueño mientras estamos despiertos, y tener por falso el estado de vigilia mientras soñamos: esa es una posición intermedia entre el sueño y la vigilia. Lo que vemos de noche es un sueño nocturno; lo que vemos de día es un sueño diurno. Ambos son falsos; ambos son sueños.
Ahora bien: si lo visto en el sueño lo tenemos por irreal y por sueño, y si lo visto de día lo tenemos también por sueño e irreal, no podemos eludir este hecho: tanto en el sueño diurno como en el nocturno hay alguien —vosotros mismos— que reconoce esas cosas y las tiene por no verdaderas.
Los dos estados, el de la vigilia y el del sueño, carecen de realidad permanente. Hay, sin embargo, un testigo que permanece en ambos. Ese testigo es el Ātman. Mientras no reconozcamos que el Ātman es la única Satya, no habremos salido de la dualidad de lo verdadero y lo falso aparentes.
[Hueco en la grabación: aprox. 6:42–8:40. Se pierde el cierre de este argumento y el arranque del tema siguiente. El hilo reaparece ya sobre el dharma.]
Sanātana Dharma
En los textos antiguos, en el campo del conocimiento, en el de la ética y la moral, siempre hemos seguido el sendero del dharma. Porque en todos esos aspectos de la vida seguimos el dharma, nos fue posible vivir en la cumbre de la grandeza, con paz y con dicha. Eso fue posible por nuestra parte de dharma.
En el pasado se prestó gran atención a la vida en las ciudades y en los pueblos, y se la condujo con mucha tolerancia y con prema entre hombre y hombre. Las relaciones de hombre a hombre fueron la base primera sobre la que se construyó la vida en aquellos días.
Si miramos la situación de hoy, hallaremos que hemos tomado un camino muy distinto. En el campo espiritual, en el material y en el social estamos hoy sujetos a gran angustia. ¿Cuál es la razón? Hablamos de paz, pero nuestras acciones no muestran deseo alguno de promoverla. Nos engañamos a nosotros mismos y emprendemos sendas que van contra la paz.
Las cualidades esenciales del hombre —el sacrificio (tyāga), la moral, el carácter— no se encuentran hoy ni siquiera como muestra, ni siquiera como pequeño ejemplo. En la forma aparentamos ser seres humanos; en la verdad, las cualidades humanas han desaparecido del hombre.
En esta situación, las tradiciones que hemos recibido como tradiciones de la India, desde tiempo inmemorial, a lo largo de los siglos, cada uno de nosotros debe determinar revivirlas y darles sustancia.
Nuestros antiguos ṛṣis lo sacrificaron todo. Emplearon todo su valor y toda su fuerza física con el fin de establecer los principios del dharma. Ese dharma, establecido por ellos al precio de su coraje y de sus capacidades, vino a conocerse como Sanātana Dharma. La palabra sanātana significa eterno, permanente, inmutable.
Ese Sanātana Dharma que se nos ha transmitido, que representa la verdad, que es eterno, permanente e inmutable: abandonarlo sin siquiera haber procurado adquirirlo, y correr detrás de un “dharma” que hoy se ha vuelto falso, mudable y sin carácter permanente, no es cualidad de un buen ser humano.
Es una situación que todos conocéis: cualidades injustas afloran a la superficie y adquieren importancia en la vida del país. Adondequiera que vayáis, lo que se advierte es falta de paz, lo que se advierte es confusión. Todo lo que se ve parece hecho para crear confusión y quitarle la paz a la mente del hombre. En todos los campos de actividad halláis sospecha que se extiende a rangos enormes. El hombre ha cambiado tanto que ya no cree en sí mismo; no tiene confianza en sí.
Confianza, satisfacción, sacrificio, realización
Si no tiene confianza en sí, ¿cómo va a procurarse dicha? Si no tiene dicha para sí, ¿cómo va a hacer sacrificio alguno? Por eso, lo primero es la confianza en uno mismo (self-confidence); lo segundo, la satisfacción en uno mismo (self-satisfaction); lo tercero, el sacrificio de uno mismo (self-sacrifice); lo cuarto, la autorrealización (self-realization).
La autorrealización descansa sobre la confianza en uno mismo. Por tanto, para alcanzar la dicha mediante la realización, lo primero que debe haber como base es la confianza en sí. El hombre debe hacer el primer intento de tener alguna fe y alguna confianza en sí mismo.
Hoy, en el campo del crecimiento espiritual, el hombre padece falta de confianza. Se arroja a la confusión y alimenta una gran duda.
¿Dónde está Dios?
A Dios se lo conoce como Quien irradia sabiduría y conocimiento. Otro nombre de Dios es que Él es la encarnación del Ātman. También se lo conoce como el Omnipresente.
Y, sin embargo, cuando se pronuncia el nombre de Dios, muchos que se tienen por hombres de vijñāna, de saber, se extravían en una duda nueva: ¿existe Dios o no? Aunque el argumento anterior haya establecido que hay un Dios, ellos llegan a decir que un Dios así no tiene lugar en nuestro pensar ni en nuestra mente.
Es necesario que nos preguntemos cuál es el sentido interior de esa duda. Habiendo comprendido que Dios es Quien irradia sabiduría, Quien es la sabiduría presente, si alguien dice que ese Dios no tiene lugar en su propia mente, está proclamando sencillamente que en su mente no hay lugar para la sabiduría. ¿Cómo puede ser sabio quien proclama que en su mente no hay lugar para la sabiduría?
Si arguye que Dios, que es la encarnación del Ātman, no tiene lugar en su mente, está arguyendo que él mismo no existe. Tal argumento es análogo al de quien, con bastante necedad, insiste en que no tiene lengua; o al de quien sigue sosteniendo que es hijo de una mujer estéril. Quienes se llaman a sí mismos personas de conocimiento y razonan de ese modo están en una situación vergonzosa.
Dios es la encarnación del conocimiento. Dios irradia conocimiento. Si alguien sostiene que Dios, que es omnipresente, que está en todas partes, no tiene lugar en su mente, habréis de concluir que ese individuo sigue una línea de argumento con la que niega su propia existencia.
Prajñānam Brahma
En nuestro Veda sagrado están estos mahāvākya: Prajñānam Brahma, Ayam Ātmā Brahma, Aham Brahmāsmi. Estos son los grandes dichos contenidos en los Vedas.
Cuando decimos Prajñānam Brahma, lo que se implica es esto: ese poder con el que somos capaces de ver, ese poder con el que somos capaces de oír, ese poder con cuya ayuda llevamos adelante la vida —ese poder es Dios. Por tanto, cuando el hombre ve, oye y vive, todo el poder que le permite hacerlo es Dios mismo.
Es un error común, que solo puede cometer el ignorante, buscar a Dios afuera. Dios no está en alguna parte exterior a vosotros. Dios reside en el propio corazón.
Deho devalayaḥ prokto jīvo devaḥ sanātanaḥ. El cuerpo humano es el templo de Dios. El jīva es el Dios que reside en ese templo. Quien busca a Dios en este cuerpo humano, en el templo del cuerpo, ese sigue el camino recto.
Intentar ver a Dios solo en lugares exteriores, sin mirar al que reside dentro de uno, es un intento muy necio. Es como quien tiene en su propia casa toda clase de dulces y sale al mercado a mendigarlos. Quien no procura hallar a Dios en su propio corazón y lo busca afuera comete una necedad comparable a esa.
Decir que no tenemos necesidad de Dios es una expresión sin sentido. Si no hay Dios, la vida no existe. Hasta un incrédulo como Hiraṇyakaśipu, por más que proclamara “yo soy Dios” o “no hay Dios”, acabó necesitando a Dios. Si Dios se volvió necesidad para incrédulos como Hiraṇyakaśipu, ¿no pensáis que para vosotros también será necesario? Hay que aceptar que todo hombre, tarde o temprano, siente la necesidad de Dios.
El cuerpo como kṣetra
Hoy, si alguien quiere hallar piedras preciosas o diamantes, no puede ir a buscarlos en la copa de los árboles. Si queréis hallar diamantes, habéis de buscarlos en las profundidades, en la tierra. No los encontraréis en la superficie.
Del mismo modo, cosas preciosas como el conocimiento, como la sabiduría y cualidades así de valiosas, solo pueden hallarse en este cuerpo —el cuerpo que, al fin y al cabo, está hecho de polvo. No hallaréis esas riquezas afuera, en este mundo ilusorio. Habéis de reconocer la verdad de que la Verdad se encuentra en este cuerpo humano hecho de polvo.
Nunca se debe descuidar el cuerpo humano. El cuerpo se os ha dado para que viajéis con él hasta realizar la verdad. Si no hay cuerpo, no podéis comprender a Quien reside en el cuerpo. Y si no hubiera la divinidad que reside en el cuerpo, no cuidaríais del cuerpo.
Porque la divinidad reside en este cuerpo, el cuerpo se llama deha. Si hay alguien que reside en el śarīra, se lo llama śarīrī. Si no hubiera la deidad que reside, no se daría el nombre de kṣetra al lugar donde ella habita.
Prayāga es un kṣetra; Kāśī es un kṣetra; Tirupati es un kṣetra. Los llamamos kṣetra porque la divinidad reside allí, de una u otra forma. Los llamamos lugares sagrados porque allí reside lo divino. Si Viśveśvara no estuviera presente en Kāśī, no habríamos llamado a Kāśī un kṣetra. Del mismo modo, nuestro cuerpo tiene el nombre de deha porque la divinidad reside en este deha.
Nuestro cuerpo es sagrado: en él reside la divinidad sagrada. Por eso debemos cuidar del cuerpo y destinarlo a funciones sagradas, no a las que no lo son. Para satisfacer los deseos de este cuerpo no debemos dar entrada a pensamientos torcidos; si lo hacemos solo para cumplir los antojos del cuerpo, alejaremos al huésped divino que en él reside.
Las diversas herramientas que se han creado en este mundo, si se usan solo para la tarea para la que fueron hechas, se vuelven sagradas. Solo la mente es responsable de la atadura del hombre y también de su liberación. Por eso, al usar el cuerpo, la mente ocupa un lugar muy importante.
La analogía del cuchillo
En la casa tenemos un cuchillo: ya sea para cortar verduras o para algún fin concreto, hay un cuchillo en la casa. Cuando se usa para un propósito útil, el cuchillo es muy amigo vuestro y obtenéis beneficio de él. Pero si estáis airados y, en la ira, usáis ese mismo cuchillo para herir a otro o para matar, entonces con el mismo cuchillo habréis logrado algo muy torcido.
El cuchillo es uno y el mismo. Que quien lo empuña reciba el nombre de asesino o el de persona útil no es responsabilidad del cuchillo. Son las acciones del individuo las que le traen uno u otro nombre.
Del mismo modo, nuestro cuerpo es como un cuchillo. Este cuerpo está destinado a hacer el bien a los demás. Por tanto, el cuerpo ha de ser una herramienta para el bien. Para usarla bien hay que frecuentar buena compañía, buena palabra y buena acción. Quien se entrega a la buena compañía, a la buena palabra y a las buenas acciones recibe el nombre de persona útil a los demás.
Por el contrario, si un individuo usa el cuerpo y se entrega a mala compañía, malos pensamientos y malas acciones, causando daño a otros, adquirirá un mal nombre: la gente dirá que es simplemente un malvado y que causa perjuicio.
Naturaleza humana, demoníaca y divina
Naturaleza humana, naturaleza demoníaca y naturaleza divina: estos tres nombres se usan para describir a un ser humano.
Quien hace el bien, quien ayuda, si a esa persona se la odia y se la describe en malos términos, quien describe así a un hombre bueno será llamado demonio. Quien ama y no devuelve el prema será llamado demonio; pero quien ama y recibe prema de vuelta será llamado ser humano. Si alguien os odia y vosotros, en cambio, le mostráis prema, vuestra naturaleza es divina.
Odio ante el prema: eso se llama naturaleza demoníaca. Devolver prema por prema: eso es naturaleza humana. Devolver prema ante el odio: eso es naturaleza divina.
En estas tres situaciones —devolver odio al prema, devolver prema al prema, o devolver prema incluso al odio—, cada cual puede examinar por sí en cuál se encuentra y corregirse según el análisis de su propia conducta.
No es justo dar importancia solo a la forma y llamar a alguien ser humano. Antes de juzgarlo humano hay que atender a su conducta y a sus pensamientos; solo así, sopesando su naturaleza, se lo puede llamar ser humano.
¿Acaso todas las aves verdes pronuncian sonidos como el loro? ¿Acaso todos los insectos que se mueven sobre las flores se vuelven abejas? Si cubrís a un asno con piel de león, ¿se vuelve león? Si un cerdo engorda tanto como un elefante, ¿se vuelve elefante?
Así, si en la forma somos como un hombre, no por eso somos un ser humano. Uno se vuelve humano solo cuando, en su conducta y en sus pensamientos, asume lo que corresponde al ser humano. Solo entonces puede llamárselo ser humano.
El fuego y la preocupación
En la forma y en las variedades de la vida habéis de reconocer que hace falta cierta conciliación. Tomemos el ejemplo del fuego que toca la piel. Si el fuego toca la piel, quema solo el lugar del contacto. Esa es la cualidad del fuego: abrasa únicamente la zona donde ha tocado.
En cambio, la preocupación —a diferencia del fuego— quema el cuerpo entero. La preocupación entra en la mente solo cuando la propia mente está llena de ideas torcidas. Por el mal hábito y por la mala compañía, la preocupación va en aumento. A quien no tiene malos hábitos y no se entrega a mala compañía no le es posible que tantas ideas se le cuelen en la mente.
Muchos vienen y le dicen a Swami: «No tengo paz mental». Eso solo indica que tales personas han estado alimentando mil pensamientos, mil ideas, y se han entregado a malos hábitos.
Menos equipaje
Nuestra vida es como un largo viaje. Si en este largo viaje cargamos con un equipaje de tantas preocupaciones, el trayecto se vuelve muy difícil. Por eso se dice: menos equipaje hace más cómodo el viaje.
En este contexto, para aminorar las preocupaciones y los malos pensamientos, el único sendero que puede ayudarnos es el sendero espiritual.
Encarnaciones del Divino Ātman: la cualidad humana no consiste en llenarse la cabeza de toda clase de pensamientos y preocupaciones. Será cualidad humana si tenéis un corazón dichoso, si os llenáis de ideas dichosas y si seguís cumpliendo vuestros deberes sin esas preocupaciones.
Cualquiera sea la dificultad en que nos hallamos, no debemos cambiar jamás nuestro sendero espiritual. La fe ha de ser firme; la mente, inconmovible. Cuando habéis desarrollado una fe firme, cualquier especie de pesar teme acercarse a vosotros.
No hagáis daño a nadie. Desarrollad ideas tan sagradas que solo procuréis ser de alguna ayuda a los demás y no causarles perjuicio alguno.
Dharmakṣetra y Kurukṣetra
Dharmakṣetre Kurukṣetre samavetā yuyutsavaḥ /
māmakāḥ pāṇḍavāś caiva kim akurvata sañjaya //
[Gītā 1.1. El intérprete glosa a Sañjaya y el campo; el śloka se da aquí en la forma canónica.]
Sañjaya pregunta qué ocurre en Dharmakṣetra, en Kurukṣetra. Sañjaya significa aquel que tiene dominio completo sobre todos los órganos de los sentidos.
Dharmakṣetra denota este sagrado cuerpo humano. Kurukṣetra, aquí, se refiere a las diversas cualidades torcidas que uno alberga.
Los hijos de aquel Pāṇḍu de naturaleza sāttvica se llaman Pāṇḍavas. Quienes son arrastrados por la ira y por otras cualidades inferiores se llaman Kauravas. La lucha que hubo entre Pāṇḍavas y Kauravas es símbolo de la lucha que se libra de continuo, en el propio corazón, entre las cualidades buenas y las malas. Esa batalla interior no cesa nunca.
Los cinco Pāṇḍavas son pilares de las cinco cualidades buenas: Satya, Dharma, Prema, Śānti y Ahiṃsā. Si podemos tener firmes en el corazón estas cinco —Satya, Dharma, Prema, Śānti y Ahiṃsā—, entonces el Señor Kṛṣṇa, Dios, estará con nosotros, y podremos derrotar a las cualidades malas, por muchas que se nos acerquen. La victoria es de las cualidades elevadas, no de las inferiores. Eso habéis de recordarlo.
Draupadī y la flauta
Draupadī, en esta analogía, es hija de Drupada: Drupada-putrī, es decir, hija de la tierra misma. Es símbolo de la prakṛti, de la naturaleza. La naturaleza queda sujeta a estos cinco Pāṇḍavas, a estas cinco cualidades buenas. Incapaz de soportar el sufrimiento, un día ella fue a la casa de Kṛṣṇa.
Cuando llegó, Kṛṣṇa no estaba. Como Draupadī tenía en aquella casa toda la libertad, aunque el Señor no estuviera, entró en la habitación. Sobre una mesa halló la flauta de Kṛṣṇa.
Entonces se dirigió a la flauta y le dijo: «Qué dicha la tuya: puedes ir de un labio al otro del Señor; mientras Él toca en ti, te mueves de un lado a otro y tienes ocasión de acercarte a Sus oídos. Cuando llegues cerca de los oídos del Señor, dile la situación penosa, la situación incómoda en que se encuentra ahora Draupadī».
Aun en el pesar y en la dificultad, Draupadī pide a la flauta que ruegue al Señor. No es que acuse al Señor por haberla puesto en tal trance. Pide que se ruegue al Señor para que la saque de esa situación.
Nosotros, en cambio, pasamos mucho tiempo pensando en nuestras posesiones materiales, en el bienestar de los hijos y de los nietos, en cómo legarles bienes. Si dedicáramos una pequeña fracción de ese tiempo a pensar en el Señor, y si con esa fracción obtuviéramos Su gracia, la puerta difícil, la puerta de entrada al cielo, se nos abriría siempre, y no tendríamos apuro con las faltas que hayamos podido cometer.
Si la fe en el Señor es fuerte, inconmovible, nadie puede movernos, nadie puede hacernos daño. Cuando desarrollamos tal prema y tal fe, la gracia del Señor nos llega con facilidad.
No debemos desalentarnos pensando: «Algún día, más adelante, el Señor me dará dicha», o «alguna vez sentiré a Dios». Hay que procurar gustar esa dicha ahora mismo, no posponerla.
Ayer, hoy y mañana
Por eso debemos olvidar lo que ha quedado atrás, el pasado. ¿Cuál es la razón? Lo que ya pasó no ha de volver. Tampoco hay que alimentar toda clase de discursos sobre el futuro. La razón es que uno no está cierto de lo que va a ocurrir. Lo que se fue no vuelve. Lo que pertenece al futuro es incierto y no es nuestro.
En el pasado, en el presente y en el futuro, lo único que permanece —el elemento común— sois vosotros mismos. Por tanto, no os olvidéis de ese vosotros que es parte del pasado, del presente y del futuro. Dios, que es omnipresente, está presente en esos tres tiempos.
Ayer, sábado, nos referíamos a este día, el domingo, como «mañana». Hoy, en cambio, llamamos «mañana» al lunes. El sábado queda como «ayer». Pero vosotros estáis en el ayer, estáis en el hoy y estáis en el mañana. El ayer, el hoy y el mañana son Satya en tanto vosotros estáis. El ayer no va a volver hoy.
[Hay un breve corte o caída de inteligibilidad en el audio alrededor del minuto 54, justo al cerrar este pasaje.]
Dios es el aliento
A Dios se lo describe como el aliento mismo de todos los seres que respiran. Hay que tenerlo por presente en cada criatura que tiene aliento. Puesto que Él es el aliento de todos los vivientes, debemos considerar a Dios presente en cada uno, debemos tener a cada uno por divino, y no debemos cultivar odio hacia nadie.
Lo más barato y lo más valioso
Encarnaciones del Divino Ātman: hoy, en el mundo, cualquier cosa pequeña que queramos adquirir o comprar, por mínima que sea, tiene un valor que llega al cielo. Se ha dado una situación en la que el hombre no puede vivir con holgura desde la mañana hasta la noche. Si se quiere agua, el costo del agua ha subido. Si se quiere tierra, hasta el costo del polvo ha subido. Si se quiere piedra, el costo de la piedra también ha subido. No hace falta decir cómo han subido el arroz o los granos.
De todas las cosas, hay una que es más barata que cualquier otra en este mundo. ¿Cuál es? La naturaleza humana misma. El hombre ha perdido su valor; las materias han visto su valor dispararse.
Si de veras queréis que baje el costo de las materias, hay una sola cosa que debéis hacer: procurar elevar el valor del hombre. Si sube el valor del hombre, baja el valor de las cosas. No sirve de nada empeñarse en hacer bajar el precio de las materias. El empeño debe ser elevar el valor de vosotros mismos, del hombre; entonces las materias bajarán solas.
Todas las cosas de este mundo son necesarias para el hombre. El hombre no es una cosa necesaria para los objetos del mundo. Si este hombre —lo más esencial, aquello para cuyo bien existen las demás cosas— no tiene valor, ¿qué valor tienen entonces esas cosas? Es también una situación denigrante que el hombre, sin valor, quiera disfrutar materias que han alcanzado un valor tan alto.
Por esfuerzos sagrados y conscientes, si lográis elevar el valor de la naturaleza humana, entonces cuanto veis alrededor en el mundo quedará en vuestras manos, en vuestra mente.
Cualidad, no cantidad
Ni la fuerza de la educación, ni la fuerza del cargo, ni la fuerza física os van a ayudar en este empeño. Todas esas fuerzas son como nubes de paso. Un instante parecen firmes; al instante siguiente pueden desaparecer. Solo vuestra cualidad —vuestra buena cualidad— es propiedad permanente.
Procurad mejorar la cualidad; no tiene sentido mejorar la cantidad. Cántaros y cántaros de leche de asna no sirven de nada al lado de una cucharadita de leche de vaca.
El tiempo es Dios |