|
56. 23/11/82 El propósito de la educación | 23 de Noviembre de 1982
 ***************************************************
Las sagradas lecciones que los Vedas enseñan
Se desvanecen cuando maestro y alumno
Tuercen y torturan la verdad eterna
Y, buscando riquezas, distorsionan los sagrados objetivos.
Encarnaciones del Amor:
Cuando los alumnos completaban el dominio de todas las ramas del conocimiento en los Gurukuls de la antigua India, el día en que abandonaban los sagrados recintos de la ermita, el amoroso preceptor que los bendecía los exhortaba a observar ciertos ideales y a adherir a ciertas prácticas y actitudes en la vida. Actualmente, el discurso de despedida, pronunciado en ocasión de la concesión de grados a quienes han aprobado los exámenes y se aventuran en el mundo exterior, no es sino una pobre contrapartida de aquella bendición y aquel consejo alentador.
El mensaje transmitido entonces era sumamente elevado y digno de aplicación práctica en la vida diaria, y cada axioma tenía un contenido nectarino. Cada consejo estaba revestido de inspiración. El tono y el efecto tónico del mensaje se han borrado en las entrañas del tiempo y se han reducido a un sueño olvidado. Mientras las palabras inmortales del Siksha Valli (la sección sobre educación) del Taitiriya Upanishad se repiten en su beneficio, los alumnos de entonces se emocionaban y transformaban con ellas. La respuesta de los alumnos de hoy al mismo mensaje sólo es una mezcla de extrañeza y sorpresa. Pero ese mismo mensaje puede servir de faro para guiar a los alumnos de hoy, que se ven zarandeados por interminables olas de preocupación y ansiedad causadas por el deseo desmesurado y la vana persecución de metas tentadoras.
El resultado característico del proceso educativo moderno es inflar el engreimiento hasta alcanzar el tamaño de un zapallo, ¡cuando solo se ha adquirido un aprendizaje del tamaño de un grano de mostaza! Además, los alumnos aspiran a recompensas ilimitadas. Como dice el proverbio, pagan por una cebolla y exigen una sandía como extra. Hay que romper el vínculo entre trabajos y títulos. La educación debe fomentar la excelencia moral y espiritual. Los estudiantes deben cultivar la inteligencia necesaria para limpiar la mente y poder valerse por sí mismos y prestar servicio al prójimo. Napoleón solía decir a su gente: «Sean claros. Lo demás vendrá por añadidura». Las mentes claras y fuertes pueden cumplir con facilidad las tareas más difíciles.
Antes, los estudiantes practicaban la «vida sencilla y el pensamiento elevado», pero hoy se dedican a la «vida elevada y el pensamiento bajo». La vida elevada les impulsa a ganar y acumular dinero, que está sujeto a devaluación y disminución. Pero la riqueza del conocimiento y el carácter está libre de ambos. Como suelen decir: «El fuego no la puede quemar, ni los gobernantes confiscar. Las inundaciones no la pueden mojar, ni los ladrones llevársela». Los parientes no la pueden reclamar. Compartan esta riqueza especial con los demás; no disminuye, sino que crece con cada regalo. Acumulen riqueza y serán desangrados por aduladores que se hacen pasar por amigos.
En estos días, el ateísmo está creciendo desenfrenado entre los estudiantes. Olvidan e ignoran incluso cualidades humanas elementales, como resultado del estudio superficial y somero de las ciencias naturales, físicas y espirituales. Los científicos declaran que «ver es creer». Pero, ¿se puede confiar en los ojos? La mente, el deleite, la pena, el alma, ¿pueden verse con los ojos para inducir la creencia? Se experimenta por creer, no por ver. La Vía Láctea, según los científicos, tiene miles de millones de cúmulos de estrellas. ¡Cuán pocos los han visto! Sin embargo, ¿cuántos creen en ellos? Cada persona que cree, ¿los ha visto? Así también, unos pocos han experimentado a Dios después de arduos procesos de negaciones y afirmaciones, y muchos toman sus palabras como verdad genuina y válida.
Los videntes de Dios proclaman lo que han visualizado, pero cuando la gente pone su fe en ello, se la condena como fe ciega, como si no fuera ciega la creencia de la gente en el número de cúmulos estelares en la Vía Láctea, como refieren aquellos que los han visto. Tengan fe en lo divino y podrán experimentar lo divino. Tengan fe en sí mismos y podrán tener fe en lo divino.
Los científicos anuncian que el cosmos está compuesto de átomos. Los videntes espirituales anuncian que Dios es el más diminuto de los átomos y el más vasto de lo vasto. El agua del mar produce cristales de sal. Del mismo modo, la Divinidad que todo lo impregna cristaliza como avatares (encarnaciones). El cristal es la acumulación de muchos átomos; el principio del Avatar es la acumulación de muchos atributos divinos. Las dos ciencias —la física y la espiritual— no pueden pueden oponerse; una complementa a la otra, porque las ciencias relacionadas con la naturaleza tienen límites que no pueden traspasar. Solo pueden estudiar lo creado; el Creador, en cambio, es el campo de estudio especial de la religión. Uno es un científico; el otro, un santo. El santo sondea la raíz; el científico se asoma al árbol por encima del suelo.
Uno no puede tener éxito en la búsqueda espiritual a menos que haya alcanzado una conciencia o chitta pura, no contaminada. Esto es posible cuando uno se hace consciente de su propia realidad, Dios. Hoy no se imparte este conocimiento a las tiernas mentes de los jóvenes. Los hombres son más valiosos que todas las preciosas riquezas del mundo. Cada cuerpo humano es el templo de Dios, el Todopoderoso. Hay que fortalecer y santificar al individuo para que el país o la humanidad puedan prosperar. El conocimiento sin acción es inútil, y la acción sin conocimiento es una tontería. La educación debe iluminarse mediante la discriminación y la espiritualización. Por el contrario, el proceso educativo fomenta únicamente la codicia creando el engreimiento egoísta, sin utilizar los propios logros para servir a la sociedad y compartir.
La piedra de toque de la virtud en una persona es su disposición a renunciar, a sacrificarse, a desarrollar el desapego. En muchas ocasiones exhorto a los alumnos a asociarse con personas buenas y piadosas, solo para que pueda manifestarse en ellos el precioso aspecto de la divinidad. Muchos de ellos son humildes, sumisos y disciplinados mientras están en el albergue y en la universidad, pero una vez que entran en el mundo exterior, retoman la rutina y se precipitan. Esto no debería ocurrir. Una vez que se acepta la Verdad como artículo de fe, uno debe sacrificar la vida entera a su práctica. De lo contrario, el hombre se degrada por debajo del nivel de las aves y las bestias.
«Di la verdad. Sigue el dharma (la rectitud). Trata a tu madre como a Dios. Trata a tu padre como a Dios. Trata a tu maestro como a Dios. Trata a tu invitado como a Dios». Estos eran los deberes marcados para los alumnos. El bebé es engendrado y criado por la madre, el niño es acogido y alimentado por el padre, el muchacho es dirigido y divinizado por el gurú, y el adulto tiene la oportunidad de servir y sacrificarse por el invitado. Son cuatro los que moldean al hombre y lo hacen brillar y difundir luz: la madre, el padre, el maestro y el invitado. Puede que los alumnos no veneren al invitado ni adoren al profesor como a Dios; pero será una gran pena si caen en el pecado de deshonrar al padre y a la madre.
Estudiantes: aprendan medios eficaces para sofocar la ansiedad, las lágrimas, las crueldades y las mentiras que afligen al mundo actual. Revivan los antiguos ideales del aprendizaje y de la vida elevada, en la consciencia de la Divinidad. Resplandezcan con el brillo de la verdad eterna, en la práctica de valores probados por el tiempo y en formas de vida sagrada, ajustadas a los tiempos. Estén dispuestos a renunciar a aquello que puede tentarlos como precioso. Sean héroes para la aventura. El mundo necesita hoy a jóvenes llenos de amor universal, entusiasmo por servir y emociones disciplinadas.
Cuando repasamos la trayectoria de este país podemos descubrir claramente por qué ha llegado a la situación actual. En el pasado no faltaron poderosos gobernantes; no faltaron hábiles administradores ni valientes generales. Había muchos científicos, eruditos pandits y profundos maestros. Pero hubo un defecto que arruinó el país: la falta de unidad. No había espíritu de adaptación mutua y amistad social. Podemos tener vastos recursos, pero tenemos algunos rasgos erróneos que nos debilitan. Nos aferramos a trivialidades y a actos y pensamientos mecánicos. No prestamos atención a la divina exhortación e instrucción que la inhalación y exhalación del aliento pronuncia continuamente: «Soham», «Soham», 21.600 veces al día. «Aquello soy yo mismo», «Yo soy Aquello», «Yo soy Dios». Los profesores tienen que cumplir con esta responsabilidad. Puesto que los alumnos son las raíces de una nación próspera, la base de una estructura fuerte, hay que moldearlos para que sean ciudadanos de los que tendremos que depender en el futuro. Los alumnos deben desarrollar intereses amplios. Deben visualizar amplios horizontes.
Sean agradecidos con el Instituto que los está formando. El Sai que los ama como madre, los protege como padre, los aconseja como gurú y los salva como Dios, debe estar siempre en su memoria. Vivan, dondequiera que esté su futuro, de acuerdo con los ideales que han absorbido aquí. No caigan en la tentación de imitar modas alocadas y vulgares en el vestir, las actitudes y el pensamiento.
Las instituciones educativas deben esforzarse por formar estudiantes íntegros, con carácter y confianza en sí mismos. El cultivo del conocimiento es secundario. Podemos asegurar que los colegios de Kamsa o Hiranyakashipu podrían haber producido alumnos con conocimientos, ¡pero no habrían producido un Prahlada ni un Krishna! Mantengan la pureza de la palabra, de la vista, del aprendizaje y de la acción. Otorgar un título universitario a una persona de carácter bajo y hábitos viciosos puede ser condenado como un pecado, pues el graduado tiene que justificar su calificación con una vida ejemplarmente noble.
Estudiantes, me dirijo a ustedes en estos términos por su propio bien, por su felicidad, para que sus vidas tengan sentido, no porque ustedes me desagraden. Cada uno de ustedes tiene una madre viviente, aunque no sean conscientes de la profundidad de ese amor. Sepan que el amor de Sai es el amor de mil madres. Naturalmente, les resultará imposible medir la intensidad de mi Amor. Y entiendan esto. Si se sitúan fuera de ese amor, se sitúan fuera del amor de toda la humanidad. El mío es un amor puro, gratuito, desinteresado e incondicional. Es una gran suerte recibir tal amor.
No cambien por un puñado de basura esta inestimable encarnación humana de lo divino. El oro no puede hacer a un hombre genuinamente humano, ni los diamantes pueden lograr ese objetivo. Ustedes tienen que alcanzarlo a través de su propio ahínco y esfuerzo incansable.
Traduccion SBd
|